30 dic. 2015

Salvado del infierno en tres minutos

La experiencia con el Espíritu Santo salvó a Stefan Michiels y lo potenció como apóstol de la misma misericordia que él ha recibido.

 A los 25 años, Stefan Michiels vivía drogado y pensando en el suicidio. Hoy está casado, tiene cuatro hijos y trabaja en Bélgica acompañando a jóvenes en riesgo. Su vida dio un giro inesperado, tras una extraordinaria intervención del Espíritu Santo.

Cuenta Stefan que de niño tenía una imagen horrible, errada, de Dios… “Era un juez implacable dictaminando lo que era prohibido y tabú”. Así es que al llegar los años de la adolescencia escapó. “Me dejé absorber por el hard rock”, confiesa. Le fascinaban sus letras y pose rupturista con todo lo que fuere orden, autoridad y cristianismo... “Me parecía haber encontrado lo que estaba buscando: libertad y alegría. El día que cumplí 21 años, me fumé mi primer joint (porro), y así comencé a entrar en el mundo de las drogas. Muy pronto me enganché. Terminaba mis días subiendo las escaleras a cuatro patas, arrastrándome hasta la cama”.

Descenso al infierno

A los 25 años Stephan creía tenerlo todo. Una pareja, una casa, un negocio, una gran cantidad de dinero, motocicletas y muchos amigos. “Ya había ido a cientos de conciertos... lo tenía todo y sin embargo sentía un enorme vacío interior”.

En este trance existencial, el quiebre se potenció cuando su padre murió de un ataque al corazón. Nada parecía importar y sentía que sólo las drogas le daban refugio. Luego terminó la relación con su novia y así, solo, continuó “en esta espiral descendente… hasta la víspera de Navidad, cuando, ante un pesebre y sintiéndome derrotado, le dije al Niño: «¡Si pudieras venir a nacer en mi corazón!»”

Luego de pronunciada la frase Stephan aguardó y en lo aparente, dice, no pasó nada… “Sin embargo, este es el lugar donde todo comenzó”, reconoce. Cuatro meses después y tras un difícil proceso para lograr desintoxicarse, “seguía en el fondo del agujero”, aunque ya sin consumo de droga.

A la búsqueda del tesoro

“Pasaron los meses y recordé que un día mi padre me dijo: «Si buscas a Dios, debes hacer una verdadera Cuaresma y ganarás una sorpresa en Pascua». Seguí su consejo, a fondo. Y ocurrió que la noche del día cuarenta, estando en mi cama, en el mismo momento que me agobiaron los pensamientos suicidas, volví mi rostro hacia un crucifijo y hablé con Cristo”.

La oración de Stephan fue una súplica, una demanda venida de lo hondo de su alma: «¿Por qué has muerto? Los cristianos hablan de salvación, de sanación. ¿Acaso hoy nada cambiará en mí? ¡Ya no tengo más vida en mí!», recuerda haber dicho y luego continuó demandando… «Algunos te dicen: "Yo te amo", pero yo no puedo decirlo… Si existes ¡Ven a mí ahora!»

Experiencia de perdón y el don del Espíritu Santo

Cuenta Stephan que nada más terminar de pronunciar aquella súplica sintió “una presencia cariñosa”. Pero de inmediato le asaltó el temor de haber hecho algo que estaba mal. “El miedo se apoderó de mí, pero inmediatamente, oí al fondo de mi corazón: «Stephan, ¡te amo!». Quedé anonadado porque yo era un gran incrédulo. Tres preguntas vinieron luego a mí: «¿Estás listo para perdonar a todos los que te han hecho daño? ¿Estás listo para perdonarte? ¿Me perdonas?»”

Stephan recuerda cuán sanador fue ese instante en que perdonó de corazón a todos y cómo al no sentirse ya juzgado, sino amado, pudo también perdonarse a sí mismo. Pero la última pregunta era compleja y entonces volvió a escuchar de nuevo: “«Stephan, ¿quieres perdonarme?»… ¿Pero por qué, Señor?; «Por todo el sufrimiento que has tenido en tu vida y la libertad que te di»… ¡Sí, te perdono de todo corazón!... y todo esto sucedió en tres minutos”.

Los cincuenta días después de Pascua, Stephan continuó practicando ayunos y un día mientras estaba en su cocina, recibió una "efusión del Espíritu Santo". En ese momento quedó libre de miedos y dudas. “Vendí mi casa, dejé todas mis pertenencias. Me sentí muy libre y muy feliz. Dios luego me llevó a mi nueva comunidad católica donde conocí a la mujer que se convirtió en mi esposa y con quien nos fuimos juntos como misioneros. La Iglesia que una vez rechacé ferozmente hoy la amo profundamente. Amo la gracia de vida que fluye a través de los sacramentos. Ellos me dan acceso a la presencia de Dios, el reino de los cielos. ¡Encontrar a Dios en mi vida, me ha hecho un hombre feliz!”

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